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Categoria: Autogestione
Creato Lunedì, 07 Luglio 2003

I morti che voi uccideste godono di buona salute (n°19)

Riceviamo, e volentieri pubblichiamo, questo interessante articolo scritto da un ignoto autore in risposta a Josè Pablo Feinmann

Los muertos que vos matasteis gozan de buena salud

En el final de su artículo de contratapa en Página 12 del 28 de abril, José Pablo Feinmann reconoce que "son tan pocas las ideas que estas elecciones han provocado que las dos o tres escuálidas que me quedan –aprovechando que hay segunda vuelta y que el Anticristo no ganó en la primera- las voy a dejar para entonces".

Quedamos, pues, a la espera de tales iluminaciones; efectivamente, en el artículo hay poco más que chismorreos y elucubraciones de café, con la notable excepción de un párrafo contundente donde Feinmann sí expresa con toda claridad un juicio taxativo. Como al pasar y sin venir demasiado a cuento, dice así: "el verdadero fracaso es el de los movimientos que intentaron surgir a partir de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. No echaron a nadie. No pusieron a nadie. No parecieran, por el momento, poder regresar".

Esa misma noche nos reunimos los integrantes de la Asamblea Barrial Núñez; no nos concitaba el impacto de esta nueva partida de defunción que gratuitamente se nos extiende, sino el simple hecho de que todos los lunes nos autoconvocamos en una placita del barrio, y no teníamos motivos para cambiar nuestras costumbres de sociabilidad alternativa. Algunos habían leído la nota de Feinmann, otros se enteraron del contenido de ella entonces; me privo de reproducir los comentarios desfavorables y las adjetivaciones sobre el autor, muchas irreproducibles, porque no vienen al caso. Como la Asamblea resolvió que ‘hay que contestarle’ y en medio de otras urgencias la tarea quedó flotante, voy a hacerlo a título personal pero como integrante de la Asamblea Barrial de Núñez. ¿Hay una cierta contradicción en esta doble condición? Sí, la hay, y es propia del costoso esfuerzo del movimiento asambleario por superar formas de representación caducas, por construir una forma colectiva de inteligencia de los conflictos sociales, de la elaboración de propuestas superadoras. Llegamos a un consenso asambleario sobre que ‘hay que contestarle’, pero los argumentos son míos, de un intelectual ignoto que ha resuelto resignificar su vida participando de esta construcción social. Seguramente habrá vecinos que no acuerden con mis términos; tal vez ‘pierda’ el debate posterior como he perdido otros, pero sé que seguiré trabajando con ellos a pesar de estas diferencias de forma.

Aparentemente, esto implica una desventaja ante intelectuales puros y sacrosantamente independientes como Feinmann: ellos no deben rendir cuentas ante nada que no sea el altar de sus conciencias. Por cierto, la idea es tentadora, especialmente en el caso de intelectuales que en otros tiempos –cuando tenían la piel más gruesa- fueron ‘orgánicos’ de políticas éticamente inaceptables, y figuraban como ‘comprometidos’ con proyectos que han preferido olvidar. Creo que es comprensible este giro si se tienen en cuenta el desastre del llamado socialismo real y las mutaciones regresivas de nuestros nacionalismos populares. La mayoría de los intelectuales críticos argentinos optaron por la perspectiva periodística, por la comodidad de un papel de comentadores de la realidad desde un sentido común que se llama a sí mismo progresista.

Para mal de sus pecados, estas confortables tribunas –tantas veces bien remuneradas- crujieron en los días de diciembre de 2001. Hasta entonces era posible justificar el ausentismo en la lucha social porque cualquier pensamiento crítico se esterilizaba entre los perversos mecanismos de las alternativas de organización existentes, con sus cadenas de centralismo democrático, estructuración jerárquica y disciplinamiento autista. El problema es que surgieron las asambleas, con su democratismo a ultranza, la aventura de su funcionamiento horizontal, su mecánica de consensos libres. Difícil trance para intelectuales reciclados para el individualismo neoliberal. Había que definirse, había que optar por correrse del lugarcito al sol trabajosamente conseguido, y pasar a ser uno más, uno que podía hablar ‘de cuando en vez’ –que dijera Cortázar-, al que cualquier vecina podía interrumpir con un silogismo mal construido o con un categórico "calláte, gordito".

¿Qué hicieron nuestros intelectuales de renombre? No era cosa de perderse el ‘fenómeno’, de quedar al margen de lo que –tal vez, después de todo- fuera un nuevo curso de nuestra historia. Como inventiva no les falta, como no querían repartir volantitos en las esquinas ni revolver un mate cocido, como no podían andar pasando calor o frío en plazas perdidas, como no podían resignarse al anonimato de la condición de ‘asambleísta’, muchos se hicieron ‘asambleólogos’. Habían encontrado un modo confortable de ‘compartir el espacio’. Y algún tiempo lo compartieron así, medio de ojito. Por poner un ejemplo: en el libro Qué son las asambleas populares, entre los artículos de asambleístas que reflexionábamos desde nuestras prácticas, había un enjundioso estudio de José Pablo Feinmann. Para qué decir que los ‘asambleólogos’ tenían, por lo general, puntos de vista mucho más ‘radicalizados’, y planteaban a las asambleas lo que éstas desde su modestia no sabían ver: tenían que meterse de lleno en la lucha política, y la política es –centralmente, y nosotros de puro brutos no lo veíamos- lucha por el poder del Estado.

Pasaron los meses y las asambleas fueron quedando configuradas como lo que son: organizaciones sociales de base, con arraigo territorial y múltiples vocaciones de intervención en la vida colectiva de los argentinos, en lo cultural, en lo social, en lo económico y en lo político. Su implantación geográfica es limitada a la ciudad de Buenos Aires, el conurbano y algunos focos más o menos aislados en el interior del país. Lo que sí se extendió fue el método asambleario a otras organizaciones sociales –antiguas y nuevas-, que hacían política, sí, pero no desde una perspectiva de centralizar sus prácticas en el poder del Estado. Al quedar esto en claro, los asambleólogos comenzaron a expedir certificados de defunción: las asambleas habían sido expresión de un flujo circunstancial, no servían para sus estrategias de papel.

Hubo un momento de confusión: para el primer aniversario del 19 y 20, las asambleas reaparecieron en escena con una presencia importante, innegable. Corrección de análisis asambleológico: era el retorno de los muertos vivos, el inevitable margen de error experimental del laboratorio social en observación. Podía ser simplemente una ilusión óptica, que pronto se corregiría si estos obcecados no comprendían el nuevo contexto. Y el nuevo contexto estaba signado por la cuestión del gobierno, sucedáneo del poder para los asambleólogos. Como los asambleístas insistieron en no entender nada, insistieron con el anacrónico que se vayan todos –que según ese otro despistado, el mexicano Marcos, es todo un programa de acción política mundial-, se podía ir fijando la fecha del entierro. ¿Por qué no el 27 de abril, cuando los ‘realpolitiker’ disputaran las migajas reservadas por el verdadero poder a quienes forman parte del espectáculo político?

¿Y que pasó el 27? Que se desenvolvió el primer acto de una farsa para la que las asambleas no recibieron invitación, ni la hubieran aceptado porque las tarjetas estaban escritas –disculpen el exabrupto los desmemoriados- con la sangre de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Se discutió vivamente en las asambleas y en el contexto del nuevo movimiento social, y hubo un consenso de rechazo que se expresaba en la abstención o en votar con boletas que repitieran, pedagógicamente, que se vayan todos. Todo indica que ese consenso cedió ante la desaforada campaña por el ‘voto útil’ –en la que se embarcaron nuestros intelectuales, incluyendo a los que entendían que la mejor opción era López Murphy-, inflada por el peligro de una segunda vuelta entre Menem y López Murphy. Como las asambleas no son correctores de la conciencia de nadie, algunos asambleístas se atuvieron al consenso y otros optaron por males menores. Eso, el domingo; el lunes estábamos todos juntos de nuevo, sin pedirnos cuentas porque, sin ser asambleólogos, entendemos que aun siendo sólo una parte del poder destructivo del capitalismo sobre nuestras vidas, el poder del Estado conserva sus aparatos de coerción, y en ese sentido puede haber una diferencia entre Menem y Duhalde (perdón, Kirchner).

Por eso el lunes 28, al menos la Asamblea Barrial Núñez siguió discutiendo sobre cómo llevar adelante sus planes contraculturales, sus iniciativas de economía solidaria, su lucha contra las empresas privatizadas, su defensa de la vida en la ciudad, sus planes de autoeducación, su entrelazamiento con otras organizaciones sociales, su modesta tarea de reconstruir con otros, solidariamente, el entretejido de la sociedad argentina. Para información de Feinmann y de otros enterradores apresurados, nuestro fracaso lo decretará la vida misma cuando los asambleístas hayamos abandonado la esperanza y la acción por restituir a la vida de los argentinos su alegría y dignidad perdidas. Hasta entonces, y aunque les incomode, sírvanse suspender los velorios.

I morti che voi uccideste godono di buona salute

Nel finale del suo articolo su "Pagina 12" del 28 aprile, Josè Pablo Feinmann riconosce che "sono tanto poche le idee che queste elezioni hanno prodotto che le due o tre che mi restano – approfittando del fatto che c’è un secondo turno e che l’Anticristo non ha vinto al primo – le lascio per quel momento". Rimaniamo, allora, in attesa di tali illuminazioni; effettivamente, nell’articolo c’è poco più che pettegolezzi ed elucubrazioni da caffè con la notevole eccezione di un paragrafo decisivo nel quale Feinmann esprime con chiarezza un giudizio tassativo. Dice così. "Il vero fallimento è quello dei movimenti che provarono a nascere a partire dalle giornate del 19 e 20 dicembre 2001. Non portarono a nulla. Non costruirono nulla. Non sembrano, per il momento, poter tornare".

Quella stessa sera riunimmo la Asamblea Barrial Núñez; non ci muoveva l’impatto di questo nuovo certificato di morte che gratuitamente ci viene esteso, ma il semplice fatto che tutti i lunedì ci autoconvochiamo in una piazzetta del quartiere, e che non abbiamo motivi per cambiare le nostre abitudini di socialità alternativa. Alcuni avevano letto la nota di Feinmann, altri ne vennero a conoscenza allora; evito di riportare i commenti sfavorevoli e i giudizi sull’autore, molti irripetibili, perchè non è il caso. Poichè l’Asamblea decise che occorreva rispondergli e, in mezzo alle altre urgenze la cosa rimase sospesa, lo faccio a titolo personale, però come membro dell’Asamblea Barrial Nunez.

C’è una certa contraddizione in questa doppia condizione?

Sì, c’è. Ed è propria del costoso sforzo del movimento assembleare per superare forme di rappresentanza caduche, per costruire una forma collettiva di intelligenza dei conflitti sociali, della elaborazione di proposte avanzate. Arriviamo a un consenso assembleare sul fatto che c’è da rispondere, però le argomentazione sono mie, di un ignoto intellettuale che ha deciso di cambiare la sua vita partecipando a questa costruzione sociale. Sicuramente ci saranno membri dell’ Asamblea che non concordano con i miei termini; però so che continuerò a la-vorare con loro a prescindere da queste differenze di forma. Apparentemente, questo implica uno svantaggio nei confronti degli intellettuali puri e sacrosantamente indipendenti come Feinmann: loro non devono rendere conto ad altro che non sia l’altare delle loro coscienze. Di sicuro, l’idea è accattivante soprattutto nel caso di intellettuali che in altri tempi – quando avevano la pelle più grassa – furono "organici" a politiche eticamente inaccettabili e figuravano ‘compromessi’ con progetti che hanno preferito dimenticare. Credo che sia comprensibile questo cambiamento se si tiene conto del disastro del cosiddetto socialismo reale e delle mutazioni regressive dei nostri nazionalismi popolari. La maggioranza degli intellettuali critici argentini optò per la prospettiva giornalistica.

Queste confortevoli tribune – spesso ben remunerate – scricchiolarono nei giorni del dicembre del 2001. Fino ad allora era stato possibile giustificare l’assenteismo dalla lotta sociale perchè qualsiasi pensiero critico si sterilizzava dentro i perversi meccanismi delle alternative di organizzazione esistenti, con le loro catene di centralismo democratico, strutturazione gerarchica e attitudine settaria. Il problema è che sorsero le assemblee, con il loro democraticismo ad oltranza, l’avventura del loro funzionamento orizzontale, i loro meccanismi di libero consenso. Momento difficile per intellettuali riciclati nell’ individualismo neoliberale. Dovevano definirsi, dovevano scegliere di abbandonare il posto al sole laboriosamente ottenuto, e passare ad essere uno dei tanti, uno che poteva parlare solo una volta ogni tanto, uno che qualunque membro dell’assemblea poteva interrompere con un sillogismo mal costruito o con un categorico: "Taci gordito!"

Che cosa fecero i nostri rinomati intellettuali? Non era il caso di perdersi "il fenomeno", di rimanere ai margini di quello che – malgrado tutto – era un nuovo corso della nostra storia. Siccome non manca loro l’inventiva e non desideravano distribuire volantini agli angoli delle strade, né potevano andare a patire il caldo o il freddo in piazze sperdute, né potevano rassegnarsi all’anonimato della condizione di ‘assembleista’, molti diventarono ‘assembleologi'. Avevano tro- vato un modo confortevole di "condividere lo spazio". E per un po’ di tempo lo condivisero così.

Per fare un esempio: nel libro "Che cosa sono le assemblee popolari", tra gli articoli degli assemblearisti che riflettevano sulle loro pratiche, c’era un ponderoso saggio di Josè Pablo Feinmann. Gli "assembleologi" avevano, in generale, punti di vista molto più "radicali" e mostravano alle assemblee quello che queste non sapevano vedere: dovevano mettersi in pieno nella lotta politica e la politica è – essenzialmente, e noi non lo vediamo – lotta per la conquista dello stato.

Passarono i mesi e le assemblee rimasero quelle che sono: organizzazioni sociali di base, con radicamento territoriale e molteplici vocazioni di intervento nella vita collettiva degli Argentini, nel culturale, nel sociale, nell’ economico e nel politico. Il loro radicamento geografico è limitato alla città di Buenos Aires, alla periferia e ad alcuni fuochi isolati nell’ interno del paese. Quello che si estese ad altre organizzazioni sociali – vecchie e nuove – che facevano politica fu il metodo assembleare, però non in prospettiva di centralizzare le loro pratiche nel potere dello stato. Quando questo fu chiaro, gli assembleologi cominciarono a spedire certificati di morte: le assemblee erano state espressione di un momento particolare, non servivano per le loro strategie di carta.

Ci fu un momento di confusione: per il primo anniversario del 19 e 20, le assemblee ritornarono in scena con una presenza importante, innegabile. Correzione di analisi assembleologica: era il ritorno dei morti viventi, l’inevitabile margine di errore sperimentale del laboratorio sociale sotto osservazione. Poteva essere semplicemente un’illusione ottica, che presto si sarebbe corretta se questi testardi avessero compreso il nuovo contesto. E il nuovo contesto era caratterizzato dalla questione del governo, surrogato del potere secondo gli assembleologi. Siccome gli assemblearisti insistettero nel non capire nulla, insistettero con l’anacronistico "che se ne vadano tutti" – che secondo un altro sbandato, il messicano Marcos, è tutto un programma di azione politica mondiale – si poteva andare a fissare la data del funerale.

Perchè non il 27 di aprile, quando i "realpolitiker" spartiranno le briciole riservate dal vero potere a coloro che partecipano allo spettacolo politico?

E che cosa accadde il 27? Che si svolse il primo atto di una farsa alla quale le assemblee non erano state invitate, né avrebbero accettato l’invito perchè gli inviti erano scritti – ci scusino gli smemorati – con il sangue di Dario Santillan e Maxmiliano Kosteki. Si discusse vivamente nelle assemblee e nell’ambito del nuovo movimento sociale, e ci fu un rifiuto che si esprimeva nell’astensione o nel votare con biglietti che ripetessero, pedadogogicamente, "che se ne vadano tutti". Tutto indica che la decisione cedette di fronte alla forsennata campagna per il "voto utile" – nella quale si imbarcarono i nostri intellettuali, compresi quelli che pensavano che la miglior opzione fosse Lopez Murphy – gonfiata per il pericolo di un secondo turno tra Menem e Lopez Murphy. Poichè le assemblee non sono correttrici della coscienza di nessuno, alcuni assemblearisti si attennero alla decisione e altri optarono per il male minore. Questo, la domenica; al lunedì eravamo tutti di nuovo insieme perchè, senza essere assembleologi, comprendiamo che, anche se è solo una parte del potere distruttivo del capitalismo sopra le nostre vite, il potere dello stato conserva i suoi apparati di coercizione, e in questo senso ci può essere una differenza tra Menem e Duhalde (pardon, Kirchner).

Per questo il lunedì 28, almeno la Asamblea Barrial Núñez, continuò a discutere su come portare avnti i suoi programmi di controcultura, le sue iniziative di economia solidale, la sua lotta contro le imprese privatizzate, la sua difesa della vita in città, i suoi piani di autoeducazione, il suo rapporto con altre organizzazioni sociali, il suo modesto lavoro di ricostruire con altri, in modo solidale, il tessuto della società argentina.

Per informazione di Feinmann e di altri frettolosi becchini, il nostro fallimento lo decreterà la vita stessa quando gli assemblearisti avranno abbandonato la speranza e l’azione per restituire alla vita degli Argentini l’allegria e la dignità perdute. Fino a quel momento, si prega di sospendere le esequie.

 

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